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lunes, 18 de julio de 2011

El druida libertario

Siempre hubo alguien que observaba. Ésa fue una de las muchas cosas que ignoraba el dictador que creía tener al pueblo bien atado. Había alguien que acechaba. Para contarlo algún día. Esos ojos eran los del cartero del pequeño municipio alavés de Maeztu. Y él fue quien transportó a su nieto aquella mirada, como cumpliendo un servicio postal histórico. El nieto tiene ahora 40 años, se llama Francisco Fernández y ha concluido un libro sobre Isaac Puente, el foco principal de la mirada, el oído y el sentido común de su abuelo. Así que cuando se le pregunta algo sobre su libro, da la sensación de que es Isaac Puente quien contesta.

Puente llegó al mundo en 1896 en el municipio vizcaíno de Muskiz, con una bandera libertaria bajo el brazo. Se educó en la escuela modélica de los jesuitas en Orduña, donde niños y niñas alternaban las aulas de la ciudad con la naturaleza idílica de la montaña. En 1919 obtuvo la plaza de médico de Maeztu. Puente era único, distinto. No sólo escribía sobre el advenimiento de una nueva sociedad, sino que curaba enfermedades como un druida. Vitalista como pocos, sus vecinos decían de él que resucitaba a los muertos.

“En una ocasión llegaron a su casa dos autobuses repletos de enfermos pero les despachó sin atenderles alegando que no era un mago y que para ir en procesión, mejor acudir a la ermita de cualquier santo”, escribe Francisco Fernández. Cuando se le pregunta por el fracaso del ideario de Puente, parece ser el propio médico de Maeztu quien se empeña en llevarle la contraria. “Sus artículos sobre la abolición de la prostitución, la igualdad de sexos, o el control de la natalidad son temas de debate en el siglo XXI”, apunta. Pero había gente que todo esto no lo soportaba.

La sombra de la cárcel seguía sus paseos diarios por el monte Arboro, sus incursiones a caseríos aislados, montado en un caballo o pertrechado con esquís cuando el invierno de la montaña alavesa congelaba la sangre. Y si los enfermos no podían pagar los medicamentos, no importaba. Él lo arreglaba. Porque Puente no hablaba del comunitarismo económico, vivía en él.

En una ocasión, cobró una cantidad de dinero desorbitada por atender a la hija del dueño de una mina que le acusaba de incitar a los trabajadores para ir a la huelga. Cuestionado por los motivos de tan alta cifra, Puente respondió: “Yo no he influido en este conflicto, sino el hambre y las condiciones de vida de estos obreros pero como usted quiere hacerme responsable de algo, hágalo con razón. Su dinero ha servido para mantener la huelga un día más”. Lengua afilada como una navaja barbera.

Su casa es hoy la Casa Consistorial de Maeztu. Y las pozas que construyó el viejo médico como escudo de armas contra la canícula estival son ahora la piscina municipal. Tiene una plaza dedicada. La plaza de Isaac Puente. Y una farmacia con su nombre en La Cuesta de Vitoria. Allí, atiende su hija. 

-¿Qué quiere?
-Caramelos de miel.
(Silencio)
-Perdone. ¿Es usted familiar de Isaac Puente?
(La mujer levanta la mirada con suavidad, completamente sorprendida. Sus ojos se iluminan).
-Sí. Hace más de 30 años que nadie pregunta por él. ¿Quién es usted?
(Una media sonrisa le endulza el rostro)
-Nadie. Un lector de su obra. ¿Qué recuerda de él?
-Era divertido, soñador y demasiado generoso. Un buen padre, buen médico y buen ciudadano.

Muchas de sus reflexiones fueron publicadas en revistas libertarias como ‘Generación consciente’. Cientos de artículos, decenas de ensayos sobre política pero también sobre un pensamiento médico revolucionario para su tiempo. Puente aportó un rostro humano al frío espíritu científico, creando un consultorio sexológico antes de la Guerra Civil en una publicación de tirada nacional, enfrentándose públicamente a cuestiones como el aborto o la religión como vigía del desarrollo médico. 

Su libro antológico, ‘El comunismo libertario’ va más lejos que ‘La conquista del pan’ de Kropotkin. Traducido al inglés y ruso, es una de las biblias del anarquismo contemporáneo, el que descubre al mundo cuestiones como el feminismo, el ecologismo y el pacifismo. El que habla de los excesos del Estado, del encanallamiento de la gente y del estado de opinión que la prensa a menudo construye sin escrúpulos. Tuvo sus alumnos.

Otra localidad alavesa, Labastida, fue el único municipio de España que, tras el levantamiento anarquista de 1933, logró proclamar la instauración de un Estado libertario. La experiencia sólo duró unos días. También Maeztu, se ganó el epíteto de ‘La pequeña Rusia’ por su obstinada resistencia al avance del fascismo en la Guerra Civil. Aquí la represión fue aún peor que en la Rioja. La mitad de la juventud del pueblo fue detenida y encarcelada. Dieciocho fueron fusilados. Entre ellos, Isaac Puente. Es lo que ocurre cuando se levantan los cuarteles y alguien se niega a pagar lo que se le exige. En la guerra, desenmascarar el ojo tuerto de la mentira acarrea perder la vida. O contribuyes a la causa o al paredón.

Puente desapareció el 1 de septiembre de 1936 de la cárcel de Vitoria. Fue subido a un camión que salió por el Portal de Castilla hacia Miranda de Ebro. Su destino era una fosa común. ¿Pancorbo? ¿Quizá Pangua?. “Nadie lo sabe”, indica Francisco Fernández, los ojos contemporáneos del druida de Maeztu, del intelectual libertario que yace enterrado en un cementerio sin nombre.

1 comentario:

Tono Cano dijo...

Grande Gorka, cada día escribes mejor. Me ha encantado