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martes, 7 de mayo de 2013

¿Para qué sirven los medios de comunicación?


¿Qué buscamos en las noticias? A pesar de que hoy contamos con más canales de televisión, periódicos, emisoras de radio y revistas que nunca, queda la duda de saber si lo que nos cuentan nos ayuda a comprender mejor la compleja realidad del mundo. Da la impresión de que la influencia de la televisión y la aparición al frente de los grandes diarios de hombres de negocios son los parámetros que rigen el camino del periodismo en un escenario donde la atracción por el espectáculo no deja de progresar. “La información se ha separado de la cultura y se ha convertido en una máquina de hacer dinero”,  dijo en una ocasión el reportero polaco Ryszard Kapuscinski.

En EE UU, donde cierta prensa aún no ha perdido el gusto por la escritura, parece que desde hace tiempo se toman los acontecimientos relativos al mundo árabe con una cierta perturbación profesional. The New York Times, quizá el diario más prestigioso del mundo, publicaba al poco de producirse la revuelta en Túnez: "The mounting protests threaten not only to overturn a close United States ally in the fight against terrorism but also to pull back the veneer of tranquil stability that draws legions of Western tourists to Tunisia’s coastal resorts." (Algo así como que "las protestas no sólo amenazan con derrocar a un estrecho aliado de Estados Unidos en la lucha antiterrorista, sino también diluyen la tranquila estabilidad que atrae a legiones de turistas occidentales a las estaciones costeras de Túnez").

Casi al mismo tiempo, un compañero que es corresponsal en Londres mostraba su perplejidad -e incluso enojo- ante la información sobre el mismo tema que transmitía la BBC, "más preocupada por los turistas (a los que nadie ha hecho nada)".

Tanta frivolidad empaquetada me provoca fatiga. Algunos medios han llegado a especular que los motivos del derrocamiento del sátrapa tunecino Zine El Abidine Ben Ali se encuentra "en los dos cables diplomáticos difundidos por Wikileaks". Como si el pueblo de Túnez no pasara hambre, no sufriera atropellos, no fuera consciente de la corrupción colosal en la que viven. Pero Internet nos ha vuelto a abrir los ojos y, de paso, ha vuelto a poner el dedo en la llaga del poder omnímodo de la prensa y el motivo de su actual existencia. 

En un artículo publicado hace algún tiempo, el periodista Dan Tench desgranaba la sucesión de demandas que coleccionan los diarios -él se refería a tabloides británicos como The Sun- por especular con la verdad de las informaciones y presentar como culpables a personas que luego han resultado inocentes. Y aquí nadie está libre de culpa, como venimos comprobando en la prensa considerada seria. Las tragedias y los conflictos sociales son estupendas alfombras a las que atizar siguiendo criterios de mimetismo corporativo. Dan lo mismo los datos que se manejen porque si lo verifican corren el riesgo de perder la carrera de la inmediatez aunque a muchos les importe un bledo el espanto. Hay muchos ejemplos. Sombras de impotencia grandes como casas, espesas e incomprensibles. 

Entonces, ¿cuál es el criterio real de la información? ¿Quizá la de expandir una visión arrevistada de la vida, con temáticas ociosas, relatos superficiales de asuntos complejos, donde se reparten papeles de malos y buenos en función del poder que se les confiere a los dueños de los medios? ¿Qué tal si hablamos de los intereses corporativos?

En otro artículo, el director de ‘Le Monde Diplomatique’ Ignacio Ramonet decía que los medios de comunicación, y especialmente los periódicos, viven una profunda crisis de contenidos. Se refería al esplendor de los diarios fascinados por los sucesos violentos y sangrantes cuyo corolario es la producción de noticias que se repiten, se copian y se ‘leen’ con la vista. Como aireaba Kapuscinski, estas publicaciones en papel están diseñadas como pantallas de televisión, tienen poca letra, dan prioridad a lo sensacional y sufren amnesia con respecto a informaciones que han perdido actualidad. “Son periódicos hechos para entretener más que para informar lo que está provocando el empobrecimiento de su textos con páginas y páginas dedicadas al autobombo, a los premios, a las promociones y a la publicidad de esas promociones”, añade.

Entonces, ¿ya no hay espejos donde mirarse? Ramonet cree que no está todo perdido. Dice que en medio de las tinieblas hay contrapesos. Se refiere al despertar de una cierta conciencia ética. Ya no sé qué pensar. Es cierto que la prensa, al menos sus trabajadores, empiezan a ver las orejas al lobo en el afán de la empresa de estimular espectáculos triviales como el del Gran Hermano o haciendo noticioso lo que en realidad es un suceso delirante. Quizá Internet albergue una de las esperanzas que nos queda para decirles a Orwell y Huxley que ya pueden descansar en paz.