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martes, 18 de mayo de 2010

Periodismo

En la conmovedora película ‘Las Flores de Harrison’, todo el empeño de la protagonista era encontrar vivo a su marido, reportero del Newsweek, desaparecido en la martirizada Bosnia-Herzegovina. Para que el espectador sintiera en sus propios ojos las punzadas de aquel vértigo pavoroso, el director metió la cámara dentro de un convoy de periodistas entre escenas de una violencia sobrecogedora. Pero la realidad es siempre mucho peor. En este lado del espejo, la muerte es de verdad.

La primera cuestión que se suele plantear a un periodista de guerra siempre gira sobre las razones que le mueven para dedicarse a eso, teniendo aquí una vida aparentemente a salvo.Esta pregunta me la planteó mi desconsolada madre la noche anterior a mi viaje a Irak. El segundo dilema, más directo y demoledor, me lo sugirió una gran amiga: ¿acaso huyes de algo? No encuentro una respuesta clara a estos interrogantes. ¿Qué extraña atracción se puede llegar a sentir por los lugares más dolorosos de la Tierra? No creo que se trate de fugas.

Ryszard Kapuscinski, un reportero que no se resignó a que todo se escribiera desde la misma óptica, decía que todo periodista es un historiador de la vida en su desarrollo. Es testigo de su tiempo. Un tiempo oscuro y gris, demasiado oscuro y amenazadoramente gris. Nos gusta escribir crónicas que iluminen la historia que se fragua a nuestro alrededor. A eso se refería Kapuscinski. Historias que expliquen los motivos que provocaron aquella mancha de sangre en la puerta de una casa reventada por un mortero estadounidense en Al Zufarania, las tumbas abiertas de los fedayines en Doura, los motivos de la invasión, aquel soldado apoyado en un árbol, llorando, las miradas perdidas de los esquizofrénicos en el hospital Al Rashaad de Bagdad, el niño famélico acostado en una inmunda colchoneta. Y el olor. Ese horripilante olor a morgue saturada que retuerce la voluntad y la deja fuera de combate. Y el miedo, ese irracional miedo a dormirte y no despertar nunca.

¿Qué necesidad hay de redención ante semejante crueldad? Cuando la guerra levanta sus cuarteles, todo está permitido y lo peor de la condición humana sale a flote. A pesar del drama, a pesar de que ese imán no físico que todos llevamos dentro te devuelva como un sonámbulo a la mágica descripción que Marlow/Conrad hace del horror en su libro ‘El Corazón de las tinieblas’ con la esperanza renovada de que nuestras palabras, de que nuestras imágenes, proporcionen al mundo el empujón final que necesita para detener su desastre.

Pero antes de conseguirlo palparemos que el hombre es un lobo para el hombre y entonces volverá a asaltarnos la ingenua duda de si el periodismo vale la pena, de si lo que contamos sirve para algo más que no sea su olvido inmediato de la memoria colectiva. Olvidar para poder vivir. Terrible paradoja ésta ya que es ese olvido el que precisamente nos incapacita para evitar que la tragedia se repita. Desgraciadamente, en el periodismo actual sólo cuenta lo inmediato, lo último, los muertos que se suman en esas infames guerras que aún hoy se libran por el mundo.

La fotógrafa estadounidense Corinne Dufka contó una vez a mi compañero Alfonso Armada cuáles son los límites que no se deben sobrepasar para conseguir un reportaje. En 1993, acompañaba a unos soldados suecos a verificar una matanza que los croatas habían cometido en Bosnia. Entraron en un establo en cuyo suelo había una trampilla para la comida. Al abrirla encontraron a tres mujeres degolladas. El impacto fue demoledor pero ella aseguró no haberse impresionado demasiado. “Entonces reparé que estaba perdiendo mis sentimientos y mis emociones. Era la señal que necesitaba para irme, para tomar distancia, para desconectar, para volver a estar con mi familiar y llorar”.

Sin embargo, también los hay que dejan su cámara y su pluma en el suelo para levantar camillas. Como hacía la propia Corinne o el propio Alfonso en Goma. Es en estos lugares donde Tennesse Williams hubiera encontrado una buena escuela para la Blanche de ‘Un tranvía llamado deseo’. Aquí se sentiría reconfortada al comprobar como la gente consuela a los desconocidos. Por desgracia, la desazón para el periodista suele proceder de tu propia trinchera, de la redacción de su periódico o de su emisora de radio con el sentido neutro de ver las cosas. Tan neutro que a veces palidecen de vergüenza. Cuando hay desigualdad e injusticia, los testimonios para el reportero nunca pueden ser equilibrados y las voces no se escuchan con la misma intensidad.

2 comentarios:

isabel dijo...

Mientras haya periodistas que piensen y escriban así, el periodismo seguirá existiendo y valdrá para mucho. El verdadero periodismo pude cambiar las cosas. De hecho, lo hace.

Mari dijo...

Suerte que estas vivo para escribirlo y contarlo amigo!. Es lo único que puedo agregar a un tema tan extenso.