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martes, 1 de junio de 2010

Israel ya no debería tener quien le escriba


Con permiso de Ramón, reproduzco este texto de Eduardo Galeano que leí en su blog y que, como casi siempre, pone palabras y orden en mi caótico pensamiento:

"Para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas: siembra odio y cosecha coartadas. Todo indica que esta carnicería de Gaza, que según sus autores quiere acabar con los terroristas, logrará multiplicarlos.

Desde 1948, los palestinos viven condenados a humillación perpetua. No pueden ni respirar sin permiso. Han perdido su patria, sus tierras, su agua, su libertad, su todo. Ni siquiera tienen derecho a elegir sus gobernantes. Cuando votan a quien no deben votar, son castigados. Gaza está siendo castigada. Se convirtió en una ratonera sin salida, desde que Hamas ganó limpiamente las elecciones en el año 2006.

Algo parecido había ocurrido en 1932, cuando el Partido Comunista triunfó en las elecciones de El Salvador. Bañados en sangre, los salvadoreños expiaron su mala conducta y desde entonces vivieron sometidos a dictaduras militares. La democracia es un lujo que no todos merecen.

Son hijos de la impotencia los cohetes caseros que los militantes de Hamas, acorralados en Gaza, disparan con chambona puntería sobre las tierras que habían sido palestinas y que la ocupación israelita usurpó. Y la desesperación, a la orilla de la locura suicida, es la madre de las bravatas que niegan el derecho a la existencia de Israel, gritos sin ninguna eficacia, mientras la muy eficaz guerra de exterminio está negando, desde hace años, el derecho a la existencia de Palestina.

Ya poca Palestina queda. Paso a paso, Israel la está borrando del mapa".

Ante esta realidad histórica que describe Galeano, ¿alguien pondrá algún día puertas a tanta arrogancia, a tanta violencia, a tanta impunidad? Me temo que no. Parafraseando a Jean Paul Sartre, en una guerra son los pobres los que mueren.

1 comentario:

isabel dijo...

La cadena de atentados por parte del Estado de Israel no parece tener fin y sus banales justificaciones no tienen más que un calificativo: infamia. Pero, lo más grave de todo es la inhibición de los gobiernos, con el norteamericano a la cabeza, que no se atreven a ejercer la más mínima crítica sobre ese Estado que desconoce el respeto a los derechos humanos mínimos y emplea la violencia desde su creación.