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jueves, 9 de diciembre de 2010

Encuestas electorales


Hay unanimidad. Lo más fiable de la política para calibrar el futuro electoral son las encuestas.

Soy de los que piensa que las elecciones deberían realizarse a base de sondeos demoscópicos, que suena como más científico e infalible. Nos ahorraríamos dilemas existenciales como el significado de la abstención y mantendríamos la compostura de que no tenemos nada que hacer para cambiar las cosas.

La metodología sería bien sencilla: se sacaría el bisturí social, se cazaría a dos mil o tres mil cobayas callejeras en una semana, se las machacaría a preguntas y ya sabríamos a qué presidente quiere el personal. Yo suelo prepararme todos los años por si, alguna vez, me toca una llamada de esas. Mi estrategia es que si, alguna vez me convierto en cobaya electoral y me preguntan a qué partido votaré, responderé con el nombre de un producto de limpieza –por eso de regenerar la vida política- y si el tipo pone cara de extrañeza le añadiré en plan psicoanalista: “¿Y usted?”. 

He llegado a la conclusión de que los encuestadores ni son de izquierdas ni de derechas y que ni siquiera votan. Eso sí, casi siempre son gente muy enrollada. Saben lo que tienen que hacer y no les gusta que el encuestado se salga por la tangente con respuestas demasiado largas.

Un buen amigo tiró un día de Platón y en medio de un sondeo le preguntó al pobre encuestador si creía que la opinión era más oscura que el conocimiento y más clara que la ignorancia. ¿Saben lo que le contestó? “Hombre por Dios, muchísimo más”. ¿....? :)

Quizá todo se deba a que las encuestas aportan muy buenos dividendos al Producto Interior Bruto. Para mantener vivo el sentido de su existencia, los malparados apelan a la volatilidad del voto, al alto porcentaje de indecisos y a la falta de honradez de los consultados. Y así se explican las causas de su incomprensión social. Y duermen tranquilos. A alguno de ellos comenzará a pasarle algo de esto próximamente. El momento se acerca.

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