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viernes, 9 de enero de 2015

Charlie Hebdo


Acaban de morir los presuntos autores de la masacre de Charlie Hebdo en París. Todo está resultando turbador, demasiado irreal, como una pesadilla que no termina de quedarse atrás, porque todo es cierto, está ocurriendo de verdad.

El unánime grito “Je suis Charlie” utilizado inicialmente como antídoto colectivo contra el mal que acompañó a esa matanza grotesca e inútil, ha comenzado a transformarse en no pocos foros en un “Je ne suis par Charlie” (Yo no soy Charlie). Hay una explicación al respecto

No le faltan razones al autor, José Antonio Gutiérrez D. para justificar la cochambre colosal de esta frágil civilización que habitamos, más preocupada por ahondar nuestra condición dividida, brutalmente a veces, que en conciliar estados de necesidad. Pero resulta turbador leer que el mal causado por los asesinos de 12 personas hinca sus raíces en la opresión manifiesta que Occidente practica contra muchos países musulmanes. Y, lo que es aún peor, que hay mucha hipocresía en el espanto causado por la matanza cuando ese mismo día en Yemen fueron asesinados medio centenar de ciudadanos ante la indolencia del mundo. Para cuadrar el círculo, este escritor considera que Charlie Hebdo es una basura grotesca cuyos éxitos más sonoros se sustentan en ridiculizar insolentemente al Islam. 

No comparto su opinión. 

Cierto es que en estas latitudes se lucha fieramente desde hace muchos años contra la obstinación de la política occidental por presentar a los musulmanes como la cantera mundial del terrorismo internacional y a Israel como su angustiada víctima.

Recuerdo que con motivo de los bombardeos israelitas en Gaza de 2008, el responsable de comunicación de la embajada hebrea en Madrid pidió al responsable de redacción del diario Público donde trabajaba la inmediata retirada de una viñeta en la que aparecía un soldado judío armado hasta los dientes pisoteando la cabeza de un palestino famélico. Su desairado argumento era la humillante utilización de todos los estereotipos lacerantes que los nazis manejaron contra su pueblo: nariz aguileña, brazalete con la estrella de David y barba blanca hasta el ombligo. 

Para nosotros aquello era una prueba de la enajenación que envolvía a un Gobierno obsesionado con un pasado espantoso incapaz de aceptar la crítica. No pasó nada y la caricatura, muy punzante por cierto, fue publicada del día siguiente aunque la presión contra el diario continuó durante varias semanas.

La realidad es que los israelíes han demolido miles de hogares palestinos en Cisjordania, han expulsado a miles de palestinos de sus tierras, han construido cientos de asentamientos ilegales en Gaza, Cisjordania y los Altos del Golán; han perpetrado matanzas estremecedoras como la de Dueima, Sabra y Shatila; han bombardeado, destruido e invadido países limítrofes hasta el punto de que, en la actualidad, ocupan territorio libanés, sirio, además del palestino, contraviniendo la ley internacional. “¿Puede todo esto jugar algún papel en el 'odio islámico’ que dicen combatir?”, se preguntó mil veces Edward Said, un pensador palestino de calibre largo. Pues sí.

Tanta ponzoña enraizada en Gaza, en Siria, Afganistán, Irak y otros tantos países confirman el avance de teorías que niegan todo principio ético del diferente. Como en los barrios marginales de toda Francia o en cualquiera de sus colonias, donde las autoridades galas jamás se han preocupado por la integración de sus hijos ni por el respeto a sus culturas. Sólo hace falta ir a Martinica, que parece más una réplica de Arcachon que un país caribeño.

Visto así tampoco soy Charlie Hebdo y no me gusta un pelo la dirección que nos señalan con el dedo los amos del universo.

Pero hay un elemento que aporta una cierta ventaja: El laicismo conquistado y que tantos muertos dejó en el laberinto de la Historia. Se trata de una frontera gruesa que cada día se apuntala ante los embates furibundos de unas religiones resentidas por ser arrinconadas a la privacidad del individuo. Gracias al laicismo podemos leer revistas de mal gusto, nos mofamos del cardenal, denunciamos al obispo por pederasta, hemos contenido una reforma prehistórica de la ley del aborto, retiramos los crucifijos de los centros oficiales y luchamos por imponer la ética ciudadana en los planes de estudio como alternativa a la religión.

Matar a Charlie Hebdo es atacar a esta realidad conquistada. En España, secuestraron una portada de El Jueves y todos pusimos el dibujo censurado en señal de protesta. Era una muestra de repulsa a los brotes censores que el sistema intenta imponer para frenar su miedo. Censurar, encarcelar, matar.



Con toda esta batería de presión en ebullición, lo lógico es que la situación navegue dramáticamente a peor, hacia el despeñadero, hacia la asfixia total. En Europa ya medra el fascismo por las hidras de la democracia. La misma cara de la moneda de quienes masacraron la revista francesa. Extremismos brutos. El islamismo no es radical ni todos los europeos somos arrogante. De hecho, una de las víctímas era musulmán 

En la plácida tarde de ayer, la policía detuvo en la entrada del Metro a unos chavales magrebíes para identificarlos. Según los agentes, había motivos sobrados para hacerlo: Se había colado sin billete. Según algunos usuarios los cazaron a lazo, porque su origen exhalaba una sospechosa imagen de ilegalidad, el recelo de ser un peligroso inmigrante. Después de media hora de registro, de preguntas y de espera, los chavales siguieron su camino. Es posible que llegaran tarde a una cita o a un trabajo. Pero eso era lo de menos. Identificarlos empieza a ser normal aunque a muchos nos parezca tan abstracto como la física cuántica.


Lo importante es que la razón de mierda que muchos pelagatos llevan dentro les asiste y justifica. Así nos va. Las llamas del enfrentamiento no retroceden. Avanzan. Hasta que todos quedamos ciegos y desdentados. La muerte hace unas horas de los presuntos autores de la matanza quizá pudo haber sido evitada. No lo sé. Por eso y porque considero que mi humor debe mejorar mucho, soy Charlie Hebdo. 

martes, 19 de octubre de 2010

La otoñal Francia

Hay días nublados que no pasarán a la historia. Te levantas de la cama, enciendes la radio para entrar en contacto con el mundo y por mucho que cambies de dial, sientes que vives atrapado en un laberinto prefabricado con mensajes repetidos que te dejan fuera de combate. 

La información que recibo me hace sentirme más libre. Me permite conocer lo que es importante, me ayuda a deslindar lo fundamental de lo accesorio y a conocer el comercio de la verdad. Ahora se habla de la revuelta sindical en Francia. De los malditos estudiantes. De unos ciudadanos que han abandonado sus libros y han dejado vacías las aulas para ocupar las calles para decir basta a una clase política que vive de espaldas a todo menos a los dueños del dinero.

Pero eso no es lo peor: los reclamos ganan cada hora seguidores y lo que ayer parecía sofocable, hoy asfixia a ese poder viejo y codicioso. Este otoño francés ha regurgitado los memorables recuerdos de cuando las movilizaciones de protesta sonaban a estallidos de rabia contra el cielo.

Africanos de ébano, brasileñas curvilíneas como notas de un pentagrama, rumanas con ojos aguamarina, gabachos de pelo surfero han levantado su puño contra ese cielo apestosamente vulgar y grisáceo. ¿Qué hacer? El libre mercado es insaciable. Mientras con una mano predica las buenas maneras denunciando disturbios callejeros, con la otra alimenta la hoguera de la marginación con mensajes por palabras cargadas de pólvora y dinero. Curiosa paradoja mercantilista la de esta democracia.

La represión no resuelve los problemas de una sociedad enferma de egoísmo sino que la provoca y la empuja a rebelarse con más fuerza.

Hace falta una nueva política, una política que reconozca la realidad y se comprometa a hacer partícipe a la ciudadanía del futuro del país, porque todos decimos y proclamamos que este mundo es nuestro país. Pero los decadentes Amos del Universo que hoy nos gobiernan no siempre escuchan.

Parafraseando a Aldous Huxley, el ruido de la protesta francesa ha ascendido una octava y media y ya alcanza el estruendo del ciervo volante. Sin embargo, a este lado de los Pirineos, en España, los estudiantes siguen soñando con un mundo feliz. En disciplinado silencio, eso sí. Leía hoy una cita de Carlos Taibo sorprendentemente esperanzadora: "El anarquismo es un pensamiento vivo e iconoclasta que se niega, afortunadamente, a morir". Pues eso.